miércoles, 14 de noviembre de 2012

EL RECUERDO DEL VIVIR

El caso es que el arrasamiento de «las antiguallas» como el señor Mao llamaba a la antigua cultura, afectó también al marxismo real más ortodoxo como parece que lo era el de la República Democrática Alemana, porque Christa Wolf, escribe en su libro, «Un día del año,1960-2000» a este respecto: «Debido a los rápidos y radicales cambios ideológicos de los últimos años, el sistema de referencias morales se ha perdido para las personas reflexivas… Lo que cuentan viejos comunistas … eso ya no existe. Estoy leyendo «El Vicario de Wakefield». Es delicioso ver cómo en todas las situaciones de la vida él puede refugiarse en su religión cristiana. Esto nuestra gente lo ha perdido. Y aún no ha aparecido nada nuevo. Pero la mayoría no es lo bastante culta para asimilar espiritualmente ese conflicto. Eso conduce a un aumento de la neurosis. ¿Falta de cultura? No sé… –Sin duda alguna».

Es una página ésta que sugiere muchísimas cosas. Y, desde luego,  la experiencia de que hubo al menos algunos momentos en la historia en los que se vivía modesta pero extraordinariamente bien, o al menos mejor que en nuestro mundo que Martin Buber llamaría «la patria de Hegel» que nunca podría ser la nuestra. Es decir que Christa Wolf viene a decir algo parecido a lo que decía Monsieur de Talleyrand cuando afirmaba que nadie sabía lo que era la dulzura del vivir, si no había vivido en el siglo XVIII, antes de la Revolución, o como otras gentes hablaban de alguna  época del Imperio austríaco o de los años veinte del siglo XX. Pero Christa Wolf piensa que es que el Vicario de Wakefield podía refugiarse de todos los esquinamientos o contrariedades y heridas del vivir, como parece dar a entender que la vieja moral comunista permitía hacerlo en la conciencia de estar haciendo un mundo más justo, y que esto es lo que ha desaparecido. Probablemente tiene toda la razón.

Se mire por donde se mire, parece que han desaparecido toda realidad vividera y toda idea moral,  incluida la idea de crimen, que no sería más que una creación personal, quizás no correcta pero que desparecerá en cuanto el autor del crimen sea reciclado. Aunque no se sabe en qué, ni hacia dónde Quizás en la condición esencial de consumidor que parece ser nuestro único destino consolador. Y la misma Christa Wolf escribe, a propósito de la novela de Jay Perini, cuyo protagonista es Walter Benjamin: «El mundo que conocía Benjamin, se lee en la novela, estaba dominado por el autoengaño y el mito. Le agobiaba el espíritu de consumo y el afán de compras, visibles por doquier, una locura que se ponía de manifiesto, de modo insuperable, en los pasajes o galerías comerciales».

Y, más adelante, cita al propio Benjamín «en la antigua Grecia se enseñaban lugares por los que se descendía a los infiernos. Nuestra existencia en estado de vigilia es también un país lleno de sitios insignificantes donde desembocan los sueños». Y «habla del Minotauro al que hay que dar muerte y que yace dormido en el fondo del laberinto». La modernidad como la era del infierno. Este es, lo noto claramente, mi tema. Alienación en su rostro actual. El rostro que yo he visto y sigo viviendo. Alienación socialista, capitalista.

Si la insignificancia es la entrada al infierno, nuestras vidas tienen cien mil entradas y, por no estar ni ser, ni siquiera estamos alienados ni podemos estarlo. Parecemos  estar muy contestos de ser no de la materia de las sombras de la que decía Shakespeare que está tejida la vida de todo ser humano,  sino de la inmateria de aquellos seres ya muertos de los que nos informa Dante que no daban sombra en el infierno.

Por lo demás, resulta  dramática y conmovedora, esta imagen de un Walter Benjamin viviendo para comprar, interminablemente, por galerías y tiendas, sin recordar siquiera una vida más hermosa y vividera. Pero las banalidades llenan mucho y tampoco nosotros parece que echamos otra cosa de menos.      

JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO
Premio Cervantes

lunes, 12 de noviembre de 2012

Estampas de miseria

Según se nos informa, The New York Times ha publicado fotografías sobre la pobreza en España, y la reacción de algunos periódicos o revistas españoles ha sido la de enviar fotos de nuestra prosperidad al periódico neoyorkino, pero me parece algo tan sin sentido como la de publicar fotos de pobreza y miseria de fuera de cualquier país, donde también existe. No veo que haya que contestar nada a estas informaciones, y ni siquiera a su intención política. En el mejor de los mundos antiguos, medios y modernos ha habido, y hay, sufrimiento, pobreza y miseria, pero nuestro mundo la ha convertido, como convierte todo en noticia curiosa y espectáculo, o en juego político.

Y se comprendería muy bien que un periódico hasta del otro extremo del mundo publicase la noticia de que en una manifestación pública, en España, han tomado parte niños pequeñísimos y sus padres, porque esto es algo extraño en verdad en el mundo entero, y casi como informar de que un hombre ha mordido a un perro; pero no es tan claro lo que el "New York Times" quiere revolver con esa noticia sobre la miseria española, aunque parece insinuar que España padece hoy tanta miseria como tras la guerra civil o el tan turísticamente romántico siglo XIX.

Pero, en torno a estos testimonios de extrema pobreza, lo que sí es claro es que una cosa es que su existencia debiera avergonzarnos a todos nosotros - y hacer todo para acabar con ella - y otra cosa es que el no ser rico se haya convertido, en este mundo tan social y progresado, en el único delito y en como si quienes padecen esa pobreza extrema fueran los culpables de su condición y, además, la contagiasen. Pero tal es la idea de las gentes progresadas. Tan distinta de las gentes miserables, que lógicamente quieren dejar de serlo y obtener un sencillo vivir con las necesidades primordiales cubiertas, y una vida digna y alegre de personas, pero no suelen envidiar a las gentes ricas, y, desde siempre recomendaron que cenaran dos veces. Y, como los demás hombres y mujeres, tampoco ellos necesitan ni líderes ni redentores, sino la justicia que supone ser dueños de sí mismos.

La imagen de América del Norte, desde los puritanos en adelante, se nos ha mostrado como una tierra de continuos buscadores de nuevas fronteras, que es algo digno de asombro; y España misma lo ha sido en los siglos pasados, aunque últimamente parecía haber encontrado oro también por doquier, y la ultima aldea deseaba tener y tuvo una piscina olímpica y un "contenedor cultural". Y esto no sé yo si lo saben fuera de nuestras fronteras, o es que prefieren mostrar nuestra pobreza como tantas de nuestras meras idioteces, mirándonos desde arriba.

Desde los tiempos del romanticismo algunas gentes de algunos países extranjeros pretenden saber lo que es España mejor que nosotros, pero la cosa no tiene mucha importancia, ni hay que molestarse en contestar, no podemos pasarnos la historia entera dando explicaciones.

José Jiménez Lozano