viernes, 28 de mayo de 2010

ESA EXTRAÑA PAREJA



Hemos estado en Burgos. Después de visitar la catedral y el Monasterio de Santa María la Real de las Huelgas, decidimos acercarnos a Mediavilla de los Infantes. Es un pequeño pueblo de unos cuatrocientos habitantes. Allí sólo se llega yendo de propio intento, o bien, si vas camino de Santiago de Compostela.
Tengo allí dos grandes amigos. Uno es Fernando Escribano, maquinista de tren jubilado que se asentó en este pueblo recién alcanzada su edad de jubilación. El otro es don Servando, párroco del pueblo; cura de una cierta edad pero de una vitalidad difícil de aguantar.
Hay en este pueblo una magnífica iglesia y cuenta también con una docena de casas solariegas con portadas de cierta calidad artística; restos que recuerdan unos tiempos mejores en esta villa. La iglesia, originaria del siglo XII, cuenta con interesantes obras de arte, entre ellas un excepcional Cristo Crucificado. A ella se refiere don Servando como la Casa de Dios, Fernando Escribano en cambio, la llama la iglesia del pueblo.
Fernando pasa buena parte de su jornada en la iglesia. No penséis que rezando, todo lo contrario. Es Fernando Escribano un agnóstico en materia de religiones y un firme creyente en materias humanas. Como él suele explicar, cree en los hombres y en la sociedad, está convencido de la capacidad para organizarse y mejorar el entorno con el trabajo y la participación de todos los vecinos. Su estancia diaria en la iglesia se debe a que le gusta que los que llegan al pueblo puedan disfrutar de toda su riqueza artística; por eso hace unos años animó a un grupo de voluntarios para encargarse de abrir y cerrar la iglesia y los lugares de visita que poco a poco van preparando.
Don Servando, por su parte, nada tiene que objetar, pues como siempre me dice, no tiene perdida la batalla de conseguir que Fernando entre en el buen camino. Además, las visitas son bien recibidas. Se queja mi amigo don Servando de la escasa afluencia de fieles a las misas y demás actos litúrgicos. Siempre nos dice que nos ha tocado vivir tiempos materialistas en exceso. Según me cuenta, si no fuera por Fernando Escribano y los que andan con él, no estaría más que con viejecitas y el par de monaguillos que aún le quedan.
Cuando estoy con ellos me asombro de cómo dos personas tan diferentes han conseguido establecer una relación tan sencilla y de tan buenos frutos para todo el pueblo. Fernando y los suyos enseñan la iglesia a su modo, nada que ver con la forma profesional que pudimos disfrutar en la catedral de Burgos o en el Monasterio de Las Huelgas, ellos se limitan a señalar lo que es pan y lo que es vino como le gusta decir. Admirar el Cristo crucificado es cosa del que observa. Fernando Escribano ve en él el trabajo magistral del tallista. Las facciones finamente trabajadas, los colores dados a la madera por el artista que hacen parecer real la imagen. Volver la vista y ver las pinturas del ábside, o los capiteles tan primorosamente trabajados; todos diferentes entre sí. Como suele decir: “que lo vean todo lo que quieran y luego cada uno que sienta lo que sea”. Don Servando, en cambio, me dice que en la imagen de Cristo en la cruz, ve el triunfo de la Vida sobre la muerte. En cuanto al pan y el vino a los que se refiere Fernando, son para él carne y sangre de Cristo, son Eucaristía.
Yo les suelo decir, por darles guerra, que en lo único que coinciden es a la hora de hacer la declaración de la renta, pues marcan la misma casilla. Inmediatamente, Fernando se apresura a decirme que lo hace porque el patrimonio de la iglesia es ingente y que de alguna forma tiene que colaborar a su sostenimiento, don Servando dice que lo hace por una cuestión de Fe.
Desde mi última visita se han producido bastantes novedades. Según me cuentan, han puesto en marcha el “pueblo-albergue” para los peregrinos. Como no entiendo eso, pido que me lo expliquen y resulta la mar de sencillo. Ante la gran afluencia de peregrinos que pasan camino de Santiago, han decidido poner a su alcance lo más fundamental para esas personas: comida y alojamiento. Lo de la comida, que suele ser cena la mayoría de las veces, lo solucionan cenando en casa de Fernando Escribano los peregrinos que llegan. Cenan lo que él tenga de cena. Si un día son más de tres, se reparten en las casas del resto de vecinos que se han prestado a colaborar, incluido don Servando. Para dormir lo tienen repartido de la siguiente forma: si son parejas duermen en casa de don Servando, si vienen por separado se quedan en casa de Fernando y si son mujeres que vienen solas haciendo el camino, lo hacen en casa de la vecina de don Servando, una señora viuda de allí del pueblo. Como todo eso ocasiona una serie de gastos todos colaboran en la medida de sus posibilidades, quien más tiene más pone.
Después de la cena suelen juntarse en casa de Fernando Escribano o en casa de don Servando, según toque, a pegar la hebra con los peregrinos. No suelen ver televisión, prefieren conversar con las gentes venidas de lejos, de lugares tan diferentes a Mediavilla de los Infantes y tan diferentes entre sí. Han llegado a aprender alguna que otra palabra en lenguas extranjeras, el francés y el inglés les ha resultado más sencillo, no así el alemán o el holandés según me cuentan. Aproveché a preguntarles si habían conseguido averiguar la razón que les lleva a iniciar tan largo y penoso camino. Fernando me cuenta lo mucho que le fascina que millones de personas realicen el mismo recorrido desde hace siglos, teniendo cada uno una razón diferente al resto; don Servando cree que es la Fe que se manifiesta de muy diversas formas lo que impulsa a estas personas a iniciar tan enriquecedor recorrido.
Mi estancia en el pueblo de mis amigos terminó con el fin de semana. Hasta que vuelva a tener la oportunidad de volver a estar con ellos me conformaré con las cartas que de ellos reciba. Aunque parezca anticuado todavía nos carteamos. Pero algo me ha parecido observar que ha cambiado en Mediavilla de los Infantes, y está relacionado con lo que don Servando me adelantó sobre una joven del pueblo que les quiere hacer una página web. No me sorprendería recibir cualquier día de estos un correo electrónico de don Servando o de Fernando Escribano. Será una alegría en cualquier caso.