martes, 25 de mayo de 2010

LA GOTA DE AGUA




Cuenta una antigua leyenda hindú, que una pequeña gota de agua estaba en la hoja de un helecho. Había nacido esa misma mañana, hija del rocío. Desde el lugar que ocupaba acertaba a ver un brioso río que corría por entre las rocas. Era el nacimiento del Ganges. En un determinado punto el torrente caía desde una considerable altura provocando un ruido ensordecedor. La gota sentía una enorme envidia del agua que veía correr y se sentía insignificante, allí sola, en la hoja del helecho.
Las horas pasaban y luego los días. Las condiciones permitieron que transcurriera el tiempo sin que ninguna otra gota de agua cayese en la misma hoja, y los rayos del sol no llegaban hasta donde se encontraba la diminuta gota. Estaba sola. Los enormes árboles daban la sombra suficiente para mantener la temperatura. La gota sentía el agua del torrente y su sensación de soledad crecía día a día.
Quiso una tarde gris que una enorme nube dejase caer millones de gotas sobre el paraje donde se encontraba la pequeña gota de agua. Una de ellas fue a caer junto a nuestra pequeña gota, en la misma hoja. Era una gota que había visto mucho mundo. En muy poco tiempo le contó cuál había sido su intenso viaje. Había nacido en un pequeño charco en un país muy lejano. El sol fuerte y hermoso la hizo elevarse hasta las nubes. Allí se reunió con millones de gotas de muy diversa procedencia. Los vientos llevaron la nube lejos, muy lejos, y una tarde, de repente, la nube se rompió y cayeron millones de gotas como ella. Y allí estaba, en aquella hoja, junto a la pequeña gota.
Ella le contó sus temores, sus dudas, sus envidias, compartiendo con la gota viajera todos sus sentimientos. La gota viajera le explicó que el torrente no era algo muy distinto a ellas dos. El torrente eran millones de gotas juntas, en un mismo camino. La pequeña gota le preguntó si algún día serían parte del torrente. ¿Quién sabe?, fue la contestación. También le preguntó si algún día sería una importante gota de agua como las que formaban el torrente.
La gota viajera le pidió que se fijase en una enorme roca que estaba muy por encima de ellas dos. A continuación le preguntó si veía la enorme grieta que partía prácticamente en dos la enorme roca. Claro que la veo, le contestó. Pues debes saber que al principio no era más que una inapreciable fisura en la roca: un otoño una hermana nuestra cayó en ella y allí quedó sola hasta que llegó el invierno. Con el frío la gota se hizo más grande y la fisura de la roca también aumentó de tamaño haciendo caer más adentro a la gota que estaba en la roca. Así al otoño siguiente una nueva gota cayó junto a la que estaba en la fisura y al llegar el invierno volvieron a crecer haciendo la fisura un poco más grande. Y así los siguientes otoños e inviernos hasta llegar a ser la enorme grieta que ahora vemos.
La pequeña gota que estaba en la hoja le preguntó a la gota viajera si había algo más importante que ser la gota de un torrente que todo arrastraba a su paso con una fuerza incontenible. La gota viajera le habló de cómo el torrente, más abajo de la montaña donde se encontraban, cambiaba de forma, se hacía más ancho, perdía ímpetu y se convertía en un enorme río, ancho, caudaloso. Le contó a la pequeña gota, que millones de millones de gotas formaban ese río. Cada primavera millones de nuevas gotas se unían al caudaloso río. Las aguas eran menos impetuosas pero eran más fértiles. No rompían ni arrastraban el terreno. Lo inundaban en sus crecidas, fertilizando el suelo. Con ello miles de personas podían sembrar y cosechar el alimento para todos ellos.
¿Cuándo les tocaría a ellas iniciar el viaje?, le preguntó la pequeña gota. No tengas prisa, el momento llegará y sabrás cuándo ha llegado por ti misma, lo importante es que al llegar sepas qué quieres ser, gota que todo lo arrastra, o gota que fertiliza. Con la conversación se les pasaban las horas y los días, ya que las gotas de agua hablan muy lentamente. Un día la pequeña gota notó algo extraño. El viento comenzó a mover las ramas de los árboles, dejando al descubierto la hoja del helecho. Un rayo de sol llegó hasta la pequeña gota y ésta supo que había llegado su momento. La gota viajera comenzó a decir: recuerda lo que quieres ser, no tengas miedo, subirás a las nubes, puede que yo esté a tu lado y puede que no; pero no estarás sola, habrá más gotas. El viento llevará la nube hasta un lugar lejano o cercano, nadie sabe cuál es su deseo. Luego caerás y te encontrarás con otras gotas. Recuerda que tu poder reside no sólo en ti sino también en el grupo de gotas al que pertenezcas. De vosotras depende formar un torrente que todo lo arrasa o un río que todo lo fecunda. Buen viaje. Y así se despidió de la pequeña gota, al tiempo que ascendían hasta una nube.
Puede que sea por eso que en la India consideran al Ganges un río sagrado. Puede que ni siquiera sea una antigua leyenda hindú.
Dedicado a Vicente Ferrer.